CHRISTIAN TUBAU ARJONA

CHRISTIAN TUBAU ARJONA

LA GARGANTA DEL SIMBIONTE

LA GARGANTA DEL SIMBIONTE

31 de agosto de 2014

HIPOGRAMAS 2





HIPOGRAMAS 2

Christian T. Arjona


Bonsái: arbóreo haiku.


Cuando la higuera pierde sus hojas muestra su esqueleto de neurona gigante.


#  Paneles solares: ávidos girasoles.


# El candelabro es el guante aristocrático de las velas.


#  El callejón tapiado es el muñón de las calles.




27 de agosto de 2014

HIPOGRAMAS 1







HIPOGRAMAS 1

Christian T. Arjona




El musgo es un bosque de minúsculos helechos.


La carda del viento cepilla a contrapelo las cabrillas del río.


El amanecer fue un parto de luz entre las sábanas del alba.


#  Jeringuilla: silencioso mosquito sin alas.


Sus dedos eran largos y huesudos como las raíces de los manglares.


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HIPOGRAMAS PROLOGO







HIPOGRAMAS

Christian T. Arjona


“Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!”
Rabindranaz Tagore



Akikaze ya
ganchû no mono
mina haiku

("En el viento de otoño,
cada cosa que miro
es un haiku")
Kyoshi



A QUIEN LEYERE

No hay cosa más ardua que el querer complacer a todo el mundo, ni más probable y usada que ignorar los nuevos libros de poesía que asoman a la luz pública. De ambos riesgos vienen acompañados todos los versos que se publican, sin apenas excepciones, aunque arropados bajo los anchurosos toldos del mercado. ¿Qué será de este librito sin mecenazgo, de este hacecillo de breves poemas, cuyo sabor, por lírico y misceláneo, lleva consigo la común indiferencia y la desconfianza?

Oirá y leerá el lector grave estas volátiles materias, pero no llegará a detenerse a perseguir su vuelo. Querrá el apresurado lector atrapar estos pájaros de tinta, mas se le escaparán como huye el paisaje del tren en marcha. Pero en el aleteo de sus páginas, el atento ornitófilo podrá reconocer el quieto planear de los haikus (aunque aquí se den en lengua romance y apaisados, desenrollados), el vuelo parpadeante de las greguerías ramonianas (metáforas que guiñan un ojo), o el plumaje distintivo de las líricas aves perdidas, huidas de los bosques de Tagore. Y el paciente entomólogo descubrirá también los singulares ocelos de algunos versos imaginistas a la manera de Carlos Williams o de fugaces impresiones al estilo de Gould Fletcher, las crisálidas de aforismos peregrinos, koans de una alígera patafísica (aquellas “puntas sin pensar del pensamiento”), trampantojos verbales, estallantes jaculatorias y otras gramáticas bestezuelas.

Muchas de estas pequeñas criaturas, que he bautizado con el término de hipogramas, son el jugoso fruto, concentrado y fértil, de los árboles de la escritura: se desprenden por su propio peso de la rama que les daba vida – un párrafo, una frase, un soneto – y encarnan su quintaesencia. Y en este sentido, por su naturaleza frugal y frutal, ligera y sabrosa, los hipogramas piden lectores frugívoros, admiradores del temblor de lo menudo, amantes de los “mundos sutiles”.

(Aunque también hay otros hipogramas que fructifican entre las barreduras de viejos papeles, como brota la simiente de la acacia en la hez seca del elefante; o nacen de los fértiles muladares de las prosas desechadas, como ciertos hongos en la corteza de árboles huecos, y sólo la tierra, el sol, la lluvia y el tiempo los convierten en erguidos retoños).

Los describiré tal como fueron concebidos, según su definición biopoética. Los hipogramas no son aún, ni propiamente, poemas: carecen de la firme esquelatura de los versos, del  recio forjado de las estrofas o del claro frontispicio de los títulos. Son más bien como las genas del poema, sus gónadas prietas. Los hipogramas, como decía Ramón de sus greguerías, son “amibas de lo nuevo”. Podrían, pues, entenderse como organismos poéticos invertebrados, unicelulares, lábiles procariotas cuyo único núcleo es una imagen, un sonido, una idea.

Mónadas líricas, cuantos poéticos, gérmenes de escritura: su composición atómica no les impide estar abiertos a los demás hipogramas y al resto de la flora literaria; resuenan entre sí del mismo modo en que se entretejen las raicillas bajo la tierra. Replegados sobre su centro como las hojas de la col, estos protopoemas pueden abrirse y reverdecer, creando nuevas imágenes; o como los espongiarios, esparcir sus invisibles esporas por las venas transparentes del aire.

En un sentido general, hipograma es voz de definición generosa y holgada: engloba dentro de sí todos aquellos escritos (grama) que son escasos (hipo) de palabras, exentos de palabrería: precisos, sucintos, concentrados. Esto incluiría, según anunciaba al principio, los géneros de lo minutísimo, como el haiku, la greguería, el poema imaginista, el aforismo o la metáfora. Todos están contenidos en el hipograma como los cartujos de Zurbarán bajo el manto de la Madre.

Pero en un sentido más ceñido cabe hacer algunos matices y diferencias:
Los hipogramas se distinguen de los epigramas en que éstos se escribían sobre (epi)  alguna superficie (una vasija, una estatua, una lápida), mientras que los primeros crecen bajo las cosas, en el sotobosque del lenguaje, como los níscalos bajo los pinos o las amapolas bajo las vides. Son también, pues, el sustrato de los poemas (hipo), lo que subyace a ellos, el aluvión de sus aguas freáticas.

Confundirán algunos acaso estos hipogramas con las greguerías ramonianas. A esto hay que decir que no todos los hipogramas son greguerías, pero todas las greguerías son hipogramas, en tanto que “breves poemas”. Ambas hipoescrituras coinciden en su función biopoética, es decir, esponjar la realidad, añadirle orificios de duda, de lirismo, de sorpresa. Y en ese oficio las metáforas afinadas son el más efectivo berbiquí. Eso es lo que tienen en común.

(La greguería, dijo Ramón, es una metáfora con humor. Pero en sus textos vemos que, como todas las suyas, es ésta una definición maleable, aproximativa, en sí misma greguerística. Pues no todas las greguerías son humorísticas, y cuando no lo son, lo que nos queda es una metáfora, brillante y sugestiva, sí, pero monda metáfora al fin y al cabo).

Y la metáfora, claro está, es antigua como su propio nombre. Ejemplos de metáforas “greguerizantes” e hipogramáticas son éstas del poeta clásico chino Tu Fu: “La luna es un arco sin cuerda” o “Cae la lluvia como hilos de cáñamo”. Esta de Shakespeare: “La vejez cava trincheras en el campo de tu hermosura”. O estas de Luis de Góngora: “Aves, esquilas dulces de sonora pluma” o  “Alado roble”, para designar al barco de velas.

Los hipogramas también son distintos de otros poemas breves, como los Fragmentos (ruinas de una unidad perdida, románticamente idolatrada) o el retazo o cut-up postmoderno (a menudo arbitrario, generador de triviales collages). Estos hipogramas no son restos venerados ni cromos desordenados en el álbum de la poesía: son unidades autopoiéticas, aisladas por maduración o por mitosis. 

Existen, por lo demás, muchos tipos de hipogramas: los hay “ingrávidos y gentiles”, burbujas que el delicado soplo de la lectura hincha y convierte en esfera volandera, que desaparece entre destellos de jabón. (Si esta clase de hipogramas se congregan y arraciman, puede hablarse de “espumas” o “moléculas poéticas”). También hay algunos cuya cúpula jabonosa se tensa y acristala, y entonces se asemejan más a aquellos pisapapeles esféricos que entremuestran una escena o un paisaje en el que casi siempre nieva…

(Eso no quiere decir que los hipogramas sean poemas infantiles, aunque algunas de sus imágenes podrían haberlas concebido los niños con su mirada de girasol recién abierto, tan apta para el objet trouvé. Cuando esto sucede, entre las letras se percibe la etérea presencia de las hipocrénides – musas del hipograma -, de los hipogrifos – fabulosas criaturas híbridas- , y de los hipocampos - entrañables duendes subacuáticos- ; además de un jubiloso tono hipocorístico.)

Hay otros de mayor resistencia y tersura, que son como duras bellotas– anchas y redondeadas como las del roble o finas y brillantes como las de la encina – capaces de esperar bajo la escarcha la llegada de la próxima primavera. (En algunos casos extraordinarios, ciertos hipogramas acendran tanto su sentido que sobreviven viajando por el espacio – cruzan ríos y mares, o vuelan con alas propias, como la sámara – y por el tiempo – cruzan meses y años, como las fuertes legumbres de algunas lianas tropicales – en busca de la tierra óptima en la que echar raíces, sin perder su potencia seminal.)

           Pueden distinguirse tres tipos de hipogramas según su modo de expresión poética: los melopoéticos, que vibran como un diapasón y tiemblan en el oído con eco de címbalos (aquí las homofonías, las paronimias y el pájaro calambur); los fanopoéticos, que esbozan paisajes mínimos, formas o trazos de pincel policromados (territorio de la imagen, la metáfora y la analogía); o los logopoéticos, que ensartan ideas lejanas entre sí, dando lugar a insólitos rimeros de ideas (predio del aforismo o del breve koan).

      Por otra parte, el verso hipogramático no sigue ninguna estructura prefijada, no es verso medido, ni verso blanco, ni vers libre. Se construye, en todo caso, con lo que podemos llamar el vers trouvé. El vers trouvé, a menudo se encuentra al azar en los rastros, en los mercados ambulantes, como aquellas sugerentes figuritas, objetos mágicos, que Breton y Giacometti rescataban de la cacharrería del mercado de las Pulgas (una raíz de mandrágora con forma de embrión orando, o una pequeña rosa de cristal, traslúcida e inmarcesible) para hacerlas transitar – transformándolas - por las alquitaras de su creatividad.

Así se hallan también las semillas del hipograma, vagando por los mercadillos y arrabales del mundo y del alma, donde las ideas y las cosas espinozianamente se vinculan, como pequeños diamantes o perlas entre los cachivaches y bagatelas de la cotidianidad. Así, vagando y vacando el espíritu en aquella atenta pasividad que los místicos llamaban via receptionis y Miguel de Molinos mística quietud (y del que su discípulo Valle-Inclán dedujo su estética quietista), se abren los sentidos hacia dentro mostrándonos las iridiscencias de los objetos, su aura hirsuta y vibrátil, sus múltiples caras: la miel que las coníferas exudan, las prietas arborescencias en la carne del brócoli, la tea de grafito en la médula del lápiz… o las dalinianas hormigas que siempre acaban por cruzar la página en blanco en la que uno escribe.

Versos hallados en las chatarrerías del lenguaje, en sus abigarradas casas de empeño, en los márgenes abandonados del camino (donde se espesa la hierba) o de la carretera (entre la línea del arcén y los taludes), en los tumultuosos trenes de cercanías o en los vírgenes cuadernos de lejanías.

       El hipograma muestra sus singulares trouvailles con ilusión nabokoviana de entomólogo que exhibe sus mariposas, consciente de que sus coloridas falenas no se ajarán entre el cristal y el alfiler, sino que volarán vivaces entre las ramas quietas de las frases.

    Encaramándose por los altos andamios de la Poesía, los invisibles zarcillos de los hipogramas.
Entre los adoquines de la sintaxis dura y asfaltada, las hojas de hierba, los líquenes, la linaria, la espiga de los hipogramas.
A contracorriente del presuroso reloj que erosiona los días, los hipogramas, breves contemplaciones, onzas de tiempo en estado puro.
       Si la poesía es un caracol nocturno (Lezama), el hipograma es un limaco que busca el sol, un caracol sin hatillo.
Si el poeta es un campesino de las palabras (Stevens), el hipógrafo es el anélido que se mueve bajo tierra, esponjándola.
    Si la poesía es un arte de la insurgencia (Ferlinghetti), la hipogramática es la trinchera que se abre entre las páginas…







25 de agosto de 2014

Las greguerías de Ramón Gómez de la Serna





Aprovechando la próxima publicación en este blog de mis Hipogramas, transcribo aquí un artículo que escribí sobre la génesis de la greguería ramoniana, que puede aplicarse también al modo de elaboración de los hipogramas…

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Las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna:
deconstrucción y recreación de la realidad.

Christian T. Arjona


Ramón Gómez de la Serna describió sus greguerías como “amibas de lo nuevo”. Y en efecto, las imágenes, sonoridades y asociaciones de ideas que contienen las greguerías son, en gran medida, inéditas, raras, nunca antes vistas. “La cabeza es la pecera de las ideas”.

            No es necesario explicar ni demostrar su singularidad literaria, así que la pregunta que trato de responder en estas páginas es la siguiente: ¿Cómo nacen las greguerías, estas criaturas literarias mixtas, estos alegres simbiontes de constitución heterogénea, bifronte?

El carácter novedoso, fresco, original, les viene dado en gran medida por su naturaleza compuesta: la mayor parte de las greguerías son entes metafóricos (“metáfora + humor” según la ecuación ramoniana), seres híbridos que amalgaman especies distintas, quimeras verbales que reúnen especies hasta entonces distantes, mundos paralelos.

            “El rayo muestra la sutura craneana del cielo”

            Para que se produzca esta hibridación de realidades diferentes, al poeta le ha sido necesaria una fragmentación previa, un esponjamiento de la realidad y del lenguaje que desarticule los objetos hasta sus partículas elementales, hasta sus genes, o que los desencaje, al modo del cubismo, en múltiples facetas o particularidades.

Podríamos explicar la génesis de esta forma literaria describiendo las dos fases de un proceso de alquimia poética que consiste, primero, en una deconstrucción implícita o explícita de la realidad y de su esquelatura ontológica; segundo, en una reordenación de los fragmentos formando una composición nueva, inusual y sorprendente.

“Las hormigas son los glóbulos rojos de la tierra”.

Ramón quería que sus greguerías “agujerearan”, “disolvieran” la prosa de la realidad, rompiéndola, roturándola. Este es el primer movimiento de la  “de-construcción/re-creación” que queremos desglosar.


Deconstrucción: Sobre la no-esencialidad

            En su primera fase fragmentadora, a menudo oculta bajo las palabras (cual raíces) o todavía en la mirada o el oído del escritor (cual una flor abriéndose), la máquina poética de la greguería funciona como un acelerador de partículas, un torbellino o ácido clorhídrico que separa las moléculas de los nombres, que hace estallar los muros arquitectónicos del significado. Batidora o coctelera metafísica que agita, al modo de los sonajeros, las piedritas duras, consabidas, grávidas, de las esencias de las cosas.

            Y es aquí donde la escritura de Ramón– y la cosmovisión que la nutre – coincide con la filosofía alígera, volátil y porosa del budismo mahayana.  El pensador hindú Nãgãrjuna, en sus 70 estrofas sobre la vacuidad, defendía que la única constitución íntima de las cosas es su no-esencialidad, su no-permanencia (“efimeridad” que diría Ramón), y su relatividad. Estos mismos tres atributos negativos nos parecen el trípode filosófico que sostiene la greguería.

            Vacuidad. Este hueco en el seno de las cosas, en su misma médula, es la que las convierte en imágenes reflejadas, sombras chinas, rumor y figuras de bambalina. Carentes de esencia, de significado original, los objetos se disgregan en sus accidentes, o en sus “afectos”, en términos de Spinoza. Y como ahuecadas esponjas de Menger, ilusiones de mãyã, las palabras también estallan, dispersando sus átomos de sentido, sus acepciones adheridas. De ahí que en las greguerías el ciervo pueda resumirse poéticamente en su cornamenta y que ésta pueda hermanarse, por isomorfía, con las ramas ahorquilladas de los árboles y aún con las azules rúbricas del rayo. De ahí que la urdimbre de un telar pueda confundirse con el encordado vibrátil de un arpa y con las ramas caedizas de un sauce.

       No permanencia. El poeta piensa, con el filósofo budista, que los objetos y sus nombres son transitorios y que es vano creer que poseen un ancla de sentido intemporal, un contrapeso de eternidad. Fluyente, efímera, tornadiza, la realidad no es un museo de piezas inmóviles, escultóricas; y el halo de desaparición que la envuelve le convence de que es posible jugar con ella, libre de las ataduras de la inmutabilidad. “Después de nudista se es huesista”. Por eso ni siquiera el tiempo es objetivo, y de acuerdo con Bergson, Ramón puede decir que las calles son más largas de día que de noche; que los almanaques de bolsillo empequeñecen el año; o que el hisopo del día final se asemeja al sonajero infantil.
         
         Relatividad. Esta falta de anclaje de los objetos, esta carencia de fundamento, es la que los obliga a depender unos de otros como las distintas olas del mar, y a estar ineludiblemente relacionados en una danza alegre y promiscua.
   
         Desintegración preliminar. Deconstrucción creativa. Licuefacción previa de la realidad que permite re-mezclar, las células desgajadas de las cosas. La greguería es el proceso químico por el cual se forman nuevas moléculas de sentido, nuevas proteínas lingüísticas, gracias a un distinto enlazarse de los elementos, a una mirada y un oído atentos a las resonancias. Así, en sus imágenes las golondrinas pueden entrecomillar el cielo o la serpiente rubricar el paisaje.

El arte de la recreación

También podría describirse este proceso mediante un símil más tangible, más greguerístico: en esta primera descomposición, al poeta se le muestra, desordenada y abundante, toda la ladrillería de la realidad, con su variedad de materiales, figuras y encajes. Y como un niño rodeado de coloridas piezas de un juego de construcción – acentos, formas, reverberos – se dedica a recogerlas y recombinarlas. Esta reordenación diferente, nueva, es la segunda parte del proceso que estamos describiendo. En la alquitara de la greguería, pues, es donde se reúnen, después de la disgregación de sus partes, las distintas cualidades de los objetos, dando lugar a seres literarios antes desconocidos.

Y así es posible ver, por ejemplo, trenzas perfectas en las espigas; o en las partes de la gaita: laringes y pulmones extravertidos; letras microbianas en la caligrafía árabe; o las garras de un pájaro en las manos ancianas.

Pero la reordenación poética, artística, artificial, no se produce arbitrariamente. Como las limaduras de hierro se adunan sobre la piedra imán, o como una cuerda vibra cuando se tañe una nota próxima, por simpatía, el poeta escucha las reverberaciones, los ecos, las imantaciones entre las cosas, y las aproxima para ver si se atraen, si llegan a acoplarse.

Es por eso que cuando la greguería funciona nos queda en el oído una extraña melodía, un breve ritornelo, un acorde inusual, como si la guitarra del poeta hubiera ensayado inexploradas afinaciones.

A menudo resuenan unas en otras, a pesar de grandes cambios de escala, como la taza rota y el coliseo en ruinas, o la lluvia y los largos alfileres (en otra greguería la lluvia también imita a los juncos de agua, y así la cadena de resonancias y mimetismos se multiplica y todo es espejo, vitral tornasolado, movido reflejo).

O a la flor le nacen ojos cuando el rocío posa en ella sus gotas y los gatos se beben la leche de la luna en los platos de las tejas. Luna que en otras metáforas puede ser también pandereta o reloj de los poetas.
 
        De este modo, gracias al doble movimiento de atomización/reordenación, la greguería realiza el milagro poético: ofrecer nuevas ventanas a la realidad, grietas en el lenguaje, y toda una insólita flora colorida y destellante creciendo en las fisuras de los viejos muros de la lengua.

       Si es cierto que, como decía Emerson, “el lenguaje es poesía fósil”, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, como los mejores versos de los poetas, descascaran con su creatividad ese fósil y nos devuelven el lenguaje vivo, renacido, inaugural, como un carbúnculo encendido. 
           
           
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1 de agosto de 2014

PROYECTO HIPOGRAMAS

El "Proyecto Hipogramas", criatura simbionte, es una fusión entre las imágenes del fotógrafo/artista Adrián Pelegrín y mis poemas breves, los Hipogramas, herederos de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, el haikú, el imaginismo...

En próximas entradas podréis leer el prólogo que escribí (para un posible libro) sobre este tipo de poemas breves e iré publicando algunos de ellos… 

Estos son los primeros fotopoemas de Adrián Pelegrín, en simbiosis con los poemas…



PROYECTO HIPOGRAMAS


- I -
"La selva es el barroco de las artes forestales."






- II -
"Cada mañana ponía sobre su pobre mesa un plato de hambre y un vaso de sed."








- III -
"En las praderas de posidonia sólo pacen los peces"




Podéis ver una explicación sobre el concepto de "fotopoema", así como las imágenes en la página web de la que proceden, de Adrián Pelegrín:






19 de mayo de 2014

LA PAGINA DE L'ALBA


Hoy quiero compartir con vosotros que La Pàgina de l'alba, un poemario en prosa poética, ha sido seleccionado como finalista por el jurado del 25 Premi de Poesia Miquel Martí Pol, organizado por CCOO de Barcelona. El jurado estaba formado por Rodolfo del Hoyo, Miquel Lluís Muntané y Joan Sureda.

Para ver el acta del jurado y los poemarios premiados:

http://www.ccoo.cat/pdf_documents/2014/acta_jurat_mmp.pdf

Todos los poemas ganadores y finalistas se recogerán en un libro, pero entretanto, por si queréis leerlo, lo transcribo en esta entrada. (También incluyo la versión castellana, a continuación de ésta). Espero que os guste!



LA PÀGINA DE L’ALBA


"Necessito que els meus poemes siguin, en el seu esperit, poemes del matí"
Walt Whitman



PROVES DE COLOR

La pàgina de l’alba és un llenç en blanc.
A aquesta hora, un pinzell suau s’enfonsa en els amples tinters del cel, plens de flors d’espígol, i pinta una capa de violetes aigualides, lívides, quasi transparents, sobre el perfil de les teulades rosses.
El raspall daurat del sol carda els atapeïts ramats dels núvols, que es comencen a desteixir, mostrant els seus límits bombats i esponjosos. Un traç d’àmbar dens apaga l’halo tremolós, intermitent, dels fanals nocturns. Les ombres dels portals s’esmolen i aprofundeixen, i a cada fulla d’heura tremola una brillantor humida. El marbre de la taula reflecteix unes branques fimbrants. Les cireres, que ahir mostraven un verd a penes ruborós, tenen avui un roig més intens, un roig que busca la seva grana.
 El sol canvia les aquarel·les de la matinada pels olis espessos del dia. La seva llum arriba com una ona de mar endins que s’estavella contra la vora dels objectes: aboca sobre les cornises el seu licor clar, ataronjat, il·lumina l’ocre dormit de les façanes i escampa el seu pa d’or sobre els llençols blancs estesos als balcons.
El sol pinta sobre la pàgina làctia de l’albada.




L’ISTME

A vegades la pàgina de l’alba camina per l’istme de l’entreson.
A una i altra riba trenquen les ones fractals del somni, emergeixen paisatges tous, figures recargolades com oliveres velles. Les siluetes s’arrissen i filigranen, s’omplen d’innombrables circells i llargues fímbries, es retorcen com la fulla envermellida pels pugons.  (Sobre la pàgina endormiscada encara feinegen les formigues de la nit. Petits cràters de terra solta, disgregats, perforen la seva superfície). Els ulls, sonàmbuls, es perden en la textura irrepetible dels antics murs, entre la pul·lulació glauca, miniada i celest dels líquens, per les arborescents vetes negres del marbre, quietes com algues sota el gel, o entre els mil rostres canviants dels núvols i els seus blancs lòbuls penjants, ventres pesats de metall obscur.
El sol obre les seves parpelles fins l’escorç més lluminós i es dessagna sobre la blava neu del mar: el seus líquids robins lacren l’horitzó. Les ombres de les branques, espessides, degotegen. 
La pàgina de l’alba, embadalida, camina cap a la terra ferma, cap a les càlides riberes de la llum. El dia va deixant enrere els últims farallons del somni. Les gavines albiren des del far, ja proper, de la vigília.


EL LLEVANT

Bufa un vent amable, lleu, refrescant, sobre la pàgina de l’alba.
Tot es balanceja amb el respir constant de la brisa. Tot és jonc. L’heura sembla voler desprendre’s del mur, les seves grans fulles aplaudeixen alhora, amb una titil·lació unísona, com una xarxa de címbals. Les branques carregades de cireres es gronxen, els estors onegen per sobre de les baranes, s’inclinen les tiges llargues i flexibles de les vimeteres. Tot és penell, bressol, hamaca.
No és aquesta la tramuntana violenta i feréstega que desenquaderna els folis de la matinada, sinó un suau oratge marí, una exhalació del blau immens que refresca els seus llavis assedegats i obre lentament els seus pètals blancs, els seus porus adormits. Aquesta brisa és el rabeig de pau on abeuren les criatures de l’alba, com un núvol fi que esquerda la canícula o una tarda de tempesta a l’estiu. És un rierol d’aigua fresca entreteixit en l’aire. 
Quieta en una aresta, l’oreneta asseca les seves ales, xopes encara del rellent nocturn, en aquest suau vent matinal. La tórtora, clavada en el blau, s’abandona a les seves corrents manses, al seu plàcid onatge. 
 La pàgina de l’alba, corpresa també pel llevant, salta de la seva atalaia i vola, a la deriva, sobre els teulats encara a l’ombra, com un estel alliberat de les seves brides.


DESPERTAR

A trenc d’alba, tots els sentits de la pàgina s’afinen.
Observa, amb els ulls com brases, la cal·ligrafia barroca de l’heura, la ferma nervadura que sosté les seves amples fulles verdes, l’abella que liba el nèctar lila de la lavanda, el sol que emblanquina les parets descrostades, les pinzellades de llum desplegant-se carrer avall com làmines d’una immensa persiana.
Escolta, des de les seves altes caragoles, l’aleteig fugaç sota el fullatge, els xiulets aguts, intermitents, dels cruixidells, el refilet politonal de l’oreneta, la seva estrofa llarga, complexa, flautí que s’encavalca a la sorda remor, esmorteïda, de les feines del camp.
Infla els seus pulmons blancs i aspira l’aire fragant i salabrós, perfumat de reïnes i ginestes, ebri de fonoll i romanins, que arriba des de la mar i les auledes, escombrant els últims encens de la nit. 
I sent, a la pell de nou sortida dels esculls del somni, el gel dur de la taula de marbre humida de rosada, la respiració de la brisa que passa com un ocell de frescor, i per fi la càlida mà del sol, la seva ampla i demorada carícia.
La pàgina de l’alba és un cos que desperta.



DANAIDE

Avui ocupes tu tota la pàgina de l’aurora.
El teu cos blanc, ajagut, és l’únic llenç on la matinada pinta. Les primeres barques
de la llum recalen en el golf suau entre el teu coll i la teva espatlla, segueixen la llera que els cabells et dibuixen sobre el pit, i s’embarranca en la tova tartera entre les teves sines dormides – mitjallunes d’ombra -, escalfant-les com fogasses de pa dins el forn.
         Les veles del sol voregen ja les amples platges del teu ventre, il·luminen les cales de la teva cintura, arriben als caps llisos, sense fenedures, dels teus malucs, i s’atansen a les clares penínsules de les teves cuixes. Amb quina delicadesa, amb quina íntima delectació recorre la llum de l’alba el perfil del teu cos, amb quina dedicació daura les llargues i desertes costes de les teves cames nues, com la sorra que la plenamar va remullant. Tu encara dorms, coberta d’àmbar fi, d’oli rutilant, com un buda jacent i assossegat.
Pausadament alces el coll i el cap, ressorgint de les aigües de la nit. I mires a poc a poc a través dels vidres, bevent el sol recent amb lenta pau agraïda. A contrallum, la teva suau orografia sense arestes es torna pell brunyida d’alabastre.
Avui el sol t’ha desvetllat, blanca danaide, sobre els llençols de l’albada.




IMMINÈNCIA

Avui la pàgina es lleva borrosa, ennuvolada, tempestuosa.
L’aire és humit i fred com una serp o com el ventre d’una clotada i duu una olor de molsa i herba trasbalsada. El cel és encara un mirall entelat, una alta glacera de grisos i plates desllustrades. Només una fissura estreta deixa entreveure un fons de pàl·lides turqueses. La llum del sol atrapada, presa entre els núvols, és una fluorescència glauca, un metall resplendent, una fogonada de fòsfor detinguda. Un vent silenciós arqueja les façanes, es vinclen les portades de les cases; els arbres tremolen decantats; els fanals vibren com delicades vimeteres.
Borda un gos sol. L’heura demana llum calladament. L’oreneta, erecta com un clau sobre una barana, entona el seu do llarg i agut. Els cruixidors, como penells trastocats, cusen la tela de l’aire amb ràpides puntades sibilants. El tro, encara lluny sobre la mar, trenca la calma tensa del cel, i una esquerda blava i instantània signa de sobte horitzó. 
Avui la pàgina de l’alba és presagi de tempesta.
  

INTERMEZZO

La pàgina de l’alba és un cristall de temps aturat.
És el primer instant de la llum, quiet i transparent, a cavall entre la nit i el dia, entre el somni i la vigília, com entre els seus nacres la perla. Un dilatat minut en el qual l’ombra estova i devora els rellotges, sotmesos a inèdites quietuds.
L’aurora sembla no voler mostrar encara el foc que l’il·lumina, alenteix la seva vermellor, eixampla els seus blaus vagarosos, atenta a la virginal tremolor dels cossos que es desvetllen, a la pàl·lida dubitació de la llum que neix. Las fonts desperten en silenci, callen i esperen les mare-selves. Miren la mar, immòbils, com esperant un senyal abans d’obrir les grans ales, les cigonyes en els seus altíssims nius. 
La pàgina del despertar és un trencallums, un parèntesi entre les vagues mascarades del teatre dels somnis i el sainet sorollós de la vigília; un líric entremès en l’entreacte de la comèdia humana, l’espai per un mesurat impromptu.  És la pàgina en blanc en el llibre dels dies, un rabeig de pau en les aigües fluents del viure, el llavorat sediment que arrosseguen les rieres de la nit.
En el vitrall de l’alba esperen, com somnis blancs dins les àgates, aquelles flors minerals que només llueixen en el guaret del temps.



AIGUAT

Plou a bots i barrals sobre la pàgina seca de l’alba.
Plou per fi sobre el sol naixent, sobre la mar i la terra, sobre els líquens que brillen en els carreus. Plou sobre les fulles còncaves, assedegades, sobre les plantes que es banyen jovials, lliures ja de la pols i les escates de la sequera. S’han trencat les àmfores del cel, l’aigua xopa les flors del gessamí i dels lliris, i es desprenen, gràvids, els pètals de les roses. Cada gota de pluja allibera un fragment de la seva sentor quan esclata contra els rajols humits, contra els cantells dels ràfecs, contra el vidre de les finestres.
L’aiguat toca el seu xilòfon atzarós, repicant sobre les teules, campanejant en els cubells, omplint l’aire d’una aguda percussió de petits timbals, breus tocs de líquids cascavells.
El cel s’enfonsa entre núvols de porpra darrera l’espès canemàs de la pluja. Traspuen  els desguassos com rius desbordats, neixen fines cataractes dels canalons de les teulades, entre els balustres dels balcons. Tot s’aquieta dins del silenci humit i vibrant. Sota la coberta de canyissada, una cortina de gotes intermitents, enfilalls de perles lluents, va amarant  la taula de marbre, les branques feixugues del cirerer, el niu sonorós de les orenetes.
S’han omplert els escocells de la pàgina de l’alba, que beu amb la set de la terra clivellada.


MAITINS

La pàgina de l’alba és feliç a la manera dels frares descalços.
No vol res, res no demana, res no enveja. S’acontenta amb els humils elements que l’envolten: un pati revestit d’heura, ocells cantaires, la copa gràvida d’un cirerer, un llapis i una vella taula, un test d’espígol en flor i un niu abandonat, esfilagarsat, penjant del balcó com una llarga barba de caputxí.  I per tal que els vents de la parla no s’enduguin les llavors que guardaren els graners del silenci, tanca les canelles del llavis i deixa entreoberts els finestrons dels ulls i les rescloses de les oïdes.
Cada matí, s’asseu a la creu de camí del seu no-res i s’abandona, amb mística passivitat, a la remor suau de les fulles, a la cançó sense lletra del llevant, a les càlides primícies del dia.
La pàgina de l’alba es una tassa matinal que s’omple de la generosa llum de les coses. Res no l’espanta, res no la pertorba. És quieta i assossegada com la contemplació, senzilla com un saial gastat, blanca com la cerussa.
La pàgina de l’alba surt de la seva oració solitària amb l’escudella de l’ànima curulla. Se sent més lleugera i alegre, tendres els afectes i nu l’enteniment. Gira-sol humil, deixa fixa el seu únic ull en el cercle del sol i assaja cada dia un nou agraïment. 

  
APRES LA PLUIE

La pàgina desperta totalment amarada, amb taques de tinta aiguada.
(La pluja va caure durant tota la nit, incessant, sòlida. Sota l’arc de la porxada, les joves orenetes s’arraïmaven. Llargues files de cargols es passejaren per les parets del pati, sobre el verdet de les rajoles).
L’airina porta una frescor humida que s’adhereix a la pell com una aèria medusa. Las flors d’espígol, xopades d’aigua, recarregades, s’inclinen cap a l’ull de l’escala. En els bladars propers, les grosses espigues remullades fins els grans, deixen caure les seves corones a terra. La pluja ha abatut les últimes cireres, roges i llampegants, sobre les tendres maragdes de l’herba.
  Però ja el tamborineig de les gotes és lent, descompassat, com les notes d’un piano distret o la dringadissa ocasional de petits vidres enfilats, dolçament bressolats pel vent.
Els primers cisells del sol graven l’acer dels núvols; els bassals reflecteixen un cel cendrós i greu, tal una immensa esponja saturada. Els líquens i les cactàcies brillen amb nova llum, adquireixen vives coloracions verdes i grogues. A la menjadora de terrissa, vessant de pa mullat, abeuren les petites aus després dels seus vols iniciàtics.
La pàgina asseca les seves ales sota el sol tebi de l’albada.

  
EN BLANC

La pàgina de l’alba s’ha quedat en blanc.
Potser ja sap que l’encaix de paraules més afinat no és massa més que una fila de processionàries entravessada en el camí.  Cap llapis, ni tan sols un tènue carbonet, no ha matinat per omplir-la de lletretes de grafit, perfils o esfumats del dia que clareja.
Queda el quadern obert de bat a bat sobre la taula de marbre – amb el seu punt de llibre de cuiro vermell dormit entre els fulls –, quiet en el somni de la seva impossible blancor, mirant sense parpelles el cel sense nom.
Pàgina oberta i esclarida, mirall de la llum que en el silenci neix. Pàgina deserta i desarmada, reflex de l’or que entre blavors ja creix. Només la formiga, la mosca, l’aranya passatgera, creuen sense deixar petjades els seus mapes muts, nevats. Només els arabescs d’ombres del cirerer taquen per uns moments el blanc. Tan sols les branquetes de bruc que el vent fa caure de l’emparrat xifren sobre els folis, a l’atzar, un fràgil ideograma que ningú no llegeix i que la brisa aviat escampa.
Cap pinzell ha pintat amb tons rosats els dits del sol que s’eixampla, obrint lentament els seus ventalls daurats, emblanquinant el fred matinal de les quartilles. El miracle de la llum s’ha fet de nou, sense que res no fereixi la calma pura, virginal, de la matinada. 
Avui ningú no escriu sobre la pàgina de l’alba.   


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(Versión castellana)

LA PÁGINA DEL ALBA
 “Necesito que mis palabras sean, en su espíritu, poemas de la mañana”
Walt Whitman

PRUEBAS DE COLOR

La página del alba es un lienzo virgen.
A esta hora, un suave pincel se hunde en las anchas paletas del cielo, llenas de flores de lavanda, y pinta una capa de violetas aguadas, lívidas, casi transparentes, sobre el perfil de los tejados rubios.
El peine dorado del sol carda el apretado rebaño de las nubes, que empieza a dispersarse, mostrando sus límites abombados y esponjosos. Un denso trazo de ámbar apaga el halo trémulo, intermitente, de las farolas nocturnas. Las sombras de los portales se afilan y profundan, en cada hoja de hiedra tiembla un húmedo destello. El mármol de la mesa refleja unas ramas cimbreantes. Las cerezas, ayer de un verde apenas ruboroso, tienen hoy un rojo más intenso, un rojo que busca su grana. Sopla la brisa, silban gorriones, trigueros y golondrinas.
El sol cambia las acuarelas de la madrugada por los óleos espesos de la mañana. Su luz llega como una ola de mar adentro que rompe contra la orilla de los objetos: derrama en las cornisas su licor claro, anaranjado, ilumina el ocre dormido de las fachadas y extiende pan de oro sobre las sábanas blancas, tendidas en los balcones.
El sol pinta en la página láctea del amanecer.



EL ISTMO

A veces la página del alba camina por el istmo de la duermevela.
A uno y otro lado rompen las olas fractales del sueño, emergen paisajes blandos,  figuras corcovadas como viejos olivos. Las siluetas se rizan y afiligranan, se llenan de innumerables zarcillos y largas fimbrias, se retuercen como la hoja del cerezo enrojecida por los pulgones. (Sobre la página adormecida se afanan todavía las hormigas de la noche. Pequeños cráteres de tierra suelta, disgregados, perforan su pálida superficie). Los ojos, sonámbulos, se pierden en la textura irrepetible de los viejos muros, entre la pululación glauca, miniada y celeste de los líquenes, por las arborescentes vetas negras en el mármol, quietas como algas bajo el hielo, o entre los mil rostros cambiantes de los nublos y sus blancos lóbulos colgantes, pesados vientres de metal oscuro.
El sol abre sus párpados hasta su más luminoso escorzo y se desangra sobre la nieve azul del mar: sus líquidos rubís lacran el horizonte. Las sombras de las ramas se espesan y gotean.
La página del alba, arrobada, camina hacia la tierra firme, hacia las cálidas riberas de la luz. El día va dejando atrás los últimos farallones del sueño. Las gaviotas otean desde el faro cercano de la vigilia.



EL LEVANTE

Sopla un viento amable, leve, refrescante, sobre la página del alba.
Todo se balancea con el constante impulso de la brisa. Todo es junco. La hiedra parece querer desprenderse del muro, sus grandes hojas aplauden a la vez, con una sola titilación unísona, como una red de címbalos. Se mecen las ramas cargadas de rojas cerezas, ondean los visillos por encima de las barandas, se inclinan los tallos largos, flexibles, en los mimbrales. Todo es veleta, columpio, hamaca.
No es ésta la tramontana, violenta y montaraz que a veces desencuaderna los folios del amanecer, sino una suave brisa marina, un soplo del inmenso azul que resarce sus labios sedientos y abre poco a poco sus pétalos blancos, sus poros dormidos. Esta brisa es el remanso de paz en el que abrevan las criaturas del alba, como una fina nube que quiebra la canícula o una tarde de tormenta en el estío. Es un arroyo de agua fresca entreverado en el aire.
Quieta en un filo, la golondrina seca sus alas, empapadas aún del relente nocturno, en este suave viento matinal. La tórtola, clavada en el azul, se abandona a sus corrientes mansas, a su plácido oleaje. 
La página del alba, prendada también del levante, salta de su atalaya y vuela, a la deriva, sobre los tejados aún en sombra, tal una cometa liberada de sus riendas.


DESPERTAR

Cuando rompe el alba, todos los sentidos de la página se afinan.
Observa, con los ojos en ascuas, la lenta caligrafía de la hiedra, la recia nervadura que sostiene sus anchas alas verdes, la abeja que liba el néctar lila de la lavanda, el sol enluciendo los muros desconchados, las pinceladas de la luz desplegándose, como lamas de una inmensa persiana, calle abajo.
Escucha, desde sus altas caracolas, el aleteo fugaz bajo las hojas, los silbos agudos, intermitentes, de los trigueros, el gorjeo politonal de la golondrina, su estrofa larga, compleja, flautín que se encabalga al rumor sordo, amortiguado, de las faenas del campo.
Hinche sus pulmones blancos y aspira el aire fragante y salobre, zahumado de resinas y retamas, ebrio de hinojo y de romero, que llega de la mar y de los encinares, barriendo los fríos inciensos de la noche. 
Y siente, en la piel recién salida de los arrecifes del sueño, el hielo duro de la mesa de mármol, húmeda aún de rocío, la respiración de la brisa que pasa como un ave de frescura y, al fin, la mano cálida del sol, su ancha y demorada caricia.
      La página del alba es un cuerpo que despierta.

  

DANAIDE

Hoy ocupas tú toda la página del amanecer.
Tu cuerpo blanco, recostado, es el único lienzo en el que pinta la mañana.  Las primeras barcas de la luz recalan en la bahía suave entre tu cuello y tu hombro, siguen el cauce que los cabellos dibujan sobre tu pecho, y se acantilan por la blanda quebrada entre tus senos dormidos – y sus dos medialunas de sombra -, calentándolos como hogazas de pan en la tahona.
 Las velas del sol bordean ya las anchas playas de tu vientre, iluminan las calas de tu cintura, alcanzan los cabos lisos, sin hendiduras, de tu cadera, y orillan las tersas penínsulas de tus muslos. Con qué delicadeza, con qué íntima delectación pisa la luz del alba el perfil de tu cuerpo, con qué dedicación dora las largas y desiertas costas de tus piernas desnudas, como arena que la pleamar va remojando. Tú duermes todavía, cubierta de una capa de ámbar fino, de destellante aceite, como un buda yacente y sosegado.
Yergues de pronto el cuello y la cabeza, emergiendo de las aguas de la noche. Y miras despacio a través de los cristales, bebiendo el sol reciente con lenta paz agradecida. A contraluz, tu suave orografía sin aristas se vuelve piel pulida de alabastro.
Hoy el sol te ha desvelado, blanca danaide, sobre las sábanas del alba.

  

INTERMEZZO

La página del alba es un cristal de tiempo detenido.
Es el primer instante de la luz, quieto y transparente, a caballo entre la noche y el día, entre el sueño y la vigilia, como entre sus nácares la esfera. Un dilatado minuto en el que la sombra ablanda y devora los relojes, sometidos a inéditas quietudes.
La aurora parece no querer mostrar aún el fuego que la alumbra, demora su arrebol, ensancha sus azules vagarosos, atenta al virginal tremor de los cuerpos recién desvelados, a la pálida dubitación de la luz naciente. Las fuentes despiertan en silencio, callan y esperan las madreselvas. Miran hacia el mar, inmóviles, como esperando una señal antes de abrir sus grandes alas, las cigüeñas en sus altos nidos.
La página del despertar es un parteluz, un paréntesis entre las vagas mascaradas del reino de los sueños y el sainete ruidoso de la vigilia; un lírico entremés en el entreacto de la humana comedia, el espacio para un medido impromptu. Es la página en blanco del libro de los días, un remanso de paz en las fluyentes aguas del vivir, el labrado sedimento que arrastran los ríos de la noche.
En el cristal del alba esperan, como sueños blancos dentro de las ágatas, aquellas flores minerales que sólo en el barbecho del tiempo resplandecen.


INMINENCIA

Hoy la página amanece borrosa, nubla, tormentosa.
El aire es húmedo y frío como una sierpe o como el vientre de una cañada, y trae un olor de musgo y hierba trasegada. El cielo es todavía un espejo empañado, un alto glaciar de grises y de platas sin lustre. Sólo una grieta estrecha y honda deja entrever un fondo de pálidas turquesas. La luz del sol atrapada, apretada entre las nubes, es una fluorescencia glauca, un metal destellante, un fogonazo de fósforo detenido. Un viento silencioso arquea las fachadas, comba los vanos de las puertas; los árboles tiemblan alabeados; las farolas vibran como delicados mimbres.
Ladra un perro solo. La hiedra pide luz calladamente. La golondrina, erguida tal un clavo sobre la cornisa, entona su do largo y agudo. Los trigueros, como veletas trastornadas, remiendan la tela del aire con rápidas puntadas sibilantes. El trueno, aún lejano sobre la mar, rompe la calma tensa del cielo y una instantánea grieta azul firma el horizonte en sombra.
      La página del alba es hoy presagio de tormenta.       



MAITINES

La página del alba es feliz al modo de los frailes descalzos.
Nada quiere, nada pide, nada envidia. Se contenta con los humildes elementos que le rodean: un patio revestido de hiedra, pájaros cantores, la copa grávida de un cerezo, un lápiz y una vieja mesa, una maceta de lavanda en flor y un nido abandonado, desflecado, colgando del balcón como una larga barba de capuchino. Y para que no se lleven los vientos del habla lo que guardaron los graneros del silencio, cierra los caños de sus labios y deja entreabiertos los postigos de sus ojos y las esclusas de sus oídos.
Cada mañana se sienta en el humilladero de su propia nada, y se abandona, con mística pasividad, al suave zureo de las hojas, a la canción sin letra del levante, a las cálidas primicias del día.
 La página del alba es un cuenco matinal que se llena de la generosa luz de las cosas.
Nada le turba, nada le espanta. Es quieta y sosegada como la contemplación, sencilla como un sayal gastado, blanca como el albayalde.
La página del alba sale de su rezo solitario con la escudilla del alma colmada. Se siente más ligera y más alegre, tiernos sus afectos y la razón desnuda. Humilde heliotropo, fija su ojo único en el círculo del sol y ensaya un agradecimiento nuevo.



AGUACERO

Llueve a cántaros sobre la página seca del alba.
Llueve por fin sobre el sol que nace, sobre el mar y sobre la tierra, sobre los líquenes brillantes de los sillares. Llueve sobre las cóncavas, sedientas hojas, sobre las plantas que se bañan joviales, desnudas ya del polvo y las escamas de la sequía. Se han roto las  ánforas del cielo, el agua cala en las flores del jazmín y de los lirios y se desprenden, grávidos, los pétalos de las rosas. Cada gota de lluvia libera un fragmento de su aroma cuando estalla en las baldosas mojadas, en los cantos de los aleros, en el cristal de las ventanas.
El aguacero toca su azaroso xilofón, repicando en las tejas, campanilleando en los cubos, llenando el aire de una aguda percusión de pequeños tambores, breves tañidos de cascabeles líquidos.
Tras el cañamazo tupido de la lluvia, el cielo se hunde en su propia púrpura. Rezuman los desagües como ríos desbordados, nacen finas cataratas en los canales de los tejados, entre los hierros de los balcones. Todo se aquieta dentro del silencio húmedo y vibrante.  Bajo la cubierta de cañizo, una cortina de gotas intermitentes, como sartas de perlas luminosas, va empapando la mesa de mármol, las ramas pesadas del cerezo, el nido gorjeante de las golondrinas.
Se llenan los alcorques de la página del alba, que bebe con la sed de la tierra cuarteada.


FÁBULAS Y REFLEJOS

La página se ha visto reflejada en el espejo diáfano del alba.
Han quedado al fondo, como empañados, los pájaros, la brisa, las ramas del cerezo. Ahora mira sólo su propia imagen, observa su piel de cerca y descubre los matices de su presunta inocencia, cuestiona la fábula de su blancura. En su basta densidad granulosa hay fibras y cabellos, briznas de hierba, pequeñas pestañas atrapadas en el blanco, como un insecto o una hojita en el ámbar. Finísimos surcos paralelos, cual las besanas que la edad abre en el campo de los rostros, troquelan su blanda superficie, su dermis de papel reutilizado. La página advierte su naturaleza impura, la sangre de páginas pasadas en su propia carne lisa, los ojos, las ruinas, los destellos – fuegos fatuos - de cuartillas olvidadas, de escritos desechados que cruzaron los alambiques del reciclaje, disueltos y mezclados con otros en una sola pasta oleaginosa. Allí se blanqueó y secó la espesa confusión de tinta y celulosa, allí se laminó en miles de hojas que hoy cosidas, religadas, forman el librito en el que el alba diariamente escribe.
La página se reconoce cuerpo de papel resucitado, campo arado que oculta raíces bajo tierra, blanca memoria de árboles y frases caídas, de palabras perdidas, abandonadas, como almas que flotan en el limbo de la nada.
En el matinal azogue, la página ha descubierto su linaje humilde, su argamasa pobre.
   

APRES LA PLUIE

La página amanece totalmente empapada, con manchas de tinta aguada.
(La lluvia cayó durante toda la noche, incesante, sólida. Bajo el arco del porche, las jóvenes golondrinas se arrebujaban. Largas filas de caracoles se pasearon por las paredes del patio, sobre el verdín de las baldosas).
La brisa arrastra un frescor húmedo que se adhiere a la piel como una aérea medusa. Las flores de lavanda, atoradas de agua, sobrecargadas, se inclinan hacia el hueco de la escalera. En los trigales cercanos, las gordas espigas caladas hasta los granos, dejan caer sus coronas en la tierra. La lluvia ha derribado las últimas cerezas, rojas y centellantes, sobre las tiernas esmeraldas de la hierba.
Pero ya el tamborileo de las gotas es lento, acompasado, como las notas de un piano distraído o el tintineo ocasional de pequeños cristales ensartados, dulcemente movidos por el viento.
Los primeros buriles del sol graban el acero de las nubes; los charcos reflejan un cielo cenizo y grave, tal una inmensa esponja saturada. Los líquenes y las cactáceas brillan con luz renovada, adquieren vivas coloraciones verdes y amarillas. En el comedero de barro, rebosante de pan mojado, abrevan las pequeñas aves tras sus vuelos iniciáticos.
La página seca sus alas bajo el tibio sol de la alborada. 

   
HIJO
En estos días de felicidad recién nacida, crecen en la página del alba unas nubes
cárdenas muy suaves, un rubor candoroso como de lana empapada en agua de jacaranda, y el horizonte extiende sus lívidos azules con pincelada imprecisa, caprichosa, inocente. Hasta la luz parece acercarse con leves pasitos de niño, gateando torpemente entre las copas de los pinos. La mañana tiene contextura de algodones tintados, de jabón, de gasas finas, de leche derramada.
Sí, la página del alba se macera hoy en los líquidos de la infancia, en su fragante aceite de caléndula; se cubre con blancos arrullos de punto, con sábanas tan limpias que parecen transparentes, y huele dulce y acanelada como el pelo de un niño recental. En su alinde íntima hay calostros, tenues quejidos, ronroneos, esbozos de sonrisas. Y ya el papel parece abombarse y arrebolarse como los nublos, tomando graciosamente la forma y el color de unas mejillas sonrosadas.
Hay una alegría nueva que todo lo alumbra, colándose entre las letras como el arroyo entre los juncos, una alegría de girasol que empieza a abrirse, de flor vivaz que amanece, de alondra que rompe el cascarón. Y también la página del alba renace del huevo fecundo del silencio, brota de la madrugada cual un tallo de roble entre la escarcha. Los versos descubren admirados los abanillos de sus dedos, miran en torno sin fijarse en nada, con clara luz a un tiempo ávida y serena. El lápiz parece que todavía está aprendiendo a escribir y pinta los garabatos de su inocencia en los márgenes de la hoja. Y las palabras liban sin prisa en los nectarios de la dicha.
En estos días de felicidad resplandeciente, escriben la página del alba, sin proponérselo y como en voz baja, las manos de un niño que duerme.


EN BLANCO

Hoy la página del amanecer se ha quedado en blanco.
Quizá ya sabe que el más fino encaje de palabras no es mucho más que una fila de frágiles procesionarias atravesadas en el camino. Ningún lápiz, ni siquiera un torpe carboncillo, ha madrugado para llenarla de letritas de grafito, perfiles o esfumados del día que alborea.
Queda el cuaderno de par en par sobre la mesa de mármol – con su cierre de cuero rojo tendido entre las hojas – quieto en el sueño de su imposible blancura, mirando sin párpados el cielo sin nombre.
Página abierta y despejada, espejo de la luz que en el silencio nace. Página desierta y desarmada, reflejo del oro que entre azules crece. Sólo la hormiga, la mosca, la araña pasajera cruzan, sin dejar huella, sus mapas nevados. Sólo la tracería de sombras de las hojas del cerezo mancha momentáneamente el blanco. Sólo las ramitas de brezo que el viento hace caer del emparrado cifran al azar, sobre los folios, un fino ideograma que ningún ojo lee y que la brisa pronto desvanece.
Ningún pincel ha pintado con tonos rosados los dedos del sol que se ensancha,  abriendo lentamente sus abanos dorados, encalando el frío matinal de las cuartillas. El milagro de la luz se hace de nuevo, sin que nada hiera la calma tersa, virginal, de la mañana.
Hoy nadie escribe sobre la página del alba.