CHRISTIAN TUBAU ARJONA

CHRISTIAN TUBAU ARJONA

PROLOGO

Como el trino del cenzontle imita las voces de otras aves que cantan a su alrededor, así el título de estos papeles digitales se hace eco del verso del poeta cantor… “Si no creyera en la locura / de la garganta del sinsonte…” Trino polifónico el de este pájaro aliblanco, prodigiosa locura que su nombre de familia (Mimus polyglottos) delata y que corrobora su denominación en lengua náhuatl (Cenzon-tlahtol-e): el pájaro de los cuatrocientos cantos. Pero el eco nunca devuelve el sonido original intacto: una leve distorsión, una fértil différance, lo transforma en un sonido nuevo, en una canción nueva. Así, en estas páginas, las voces que se oirán son las que salen de la garganta de otra criatura, el simbionte, un ser vivo que se forma de la íntima hibridación de seres procedentes de distintos reinos. La imagen que ilustra el título (un liquen de la familia Cladonia), remite también, con sus erguidas trompetillas, a las múltiples voces que poblarán este cuaderno. Páginas híbridas, pues; páginas en las que convivirán (syn-biosis) estrechamente vinculados, entretejidos por sutiles raicillas, textos e imágenes sobre los infinitos seres vivos (los diez mil seres de Lao Tsé); o sobre las artes plásticas, que demuestran que es posible, como quería Octavio Paz, “soñar con las manos”; o sobre poesía (el musgo filamentoso de los versos) y otras especies literarias como la novela o el cuento; o sobre filosofía (las largas y tupidas crines de los conceptos). Walt Whitman decía "Brote la hierba de las palabras". Así de la blanca tinta eléctrica broten aquí líquenes alegres y polícromos, pioneros de la vida, que agrieten la obsidiana del espacio virtual.

18 de febrero de 2015

Artículo extendido de M.A. Ordovás con imágenes e hiperenlaces, sobre El libro de los alfabetos





Miguel Ángel Ordovás ha publicado en su blog un detallado análisis de El libro de los alfabetos, que reproduce en buena medida la lúcida presentación que realizó de viva voz en la librería Antígona. Gracias a esta transcripción, ahora todos podréis tener acceso a lo que en el acto se pudo oír. Es una alegría para mí poderlo compartir con vosotros. Os enlazo con su blog.


Visperas de nada Miguel Angel Ordovas sobre El libro de los alfabetos


15 de febrero de 2015

Presentación de El libro de los alfabetos en Zaragoza



Ayer se presentó El libro de los alfabetos, de la editorial Libros del Innombrable, en Zaragoza.
El acto tuvo lugar en la magnífica librería Antígona, bajo el auspicio de su sabio y amable librero.
Presentaron el libro el editor Raúl Herrero y los poetas y críticos Alicia Silvestre y Miguel Ángel Ordovás y yo leí algunos fragmentos. Desde aquí quiero agradecer a todos su interés y sus tan acertados y enriquecedores comentarios. El acto fue íntimo y entrañable y para mí fue un gran placer haber participado. 

Aquí os copio la reseña que Miguel Ángel Ordovás publicó en el Periódico:







16 de enero de 2015

Reseña sobre El corazón, la nada, antología poética de Eduardo Moga




La revista cultural Turia ha publicado, en su número 112, mi reseña sobre el libro El corazón, la nada. Antología poética (1994 - 2014), de Eduardo Moga, de la editorial Amargord.

Para mí es una gran satisfacción haber colaborado con esta importante revista de poesía y, además, hacerlo en relación a uno de los más destacados poetas vivos en lengua española, un autor y amigo al que debo mucho y al que admiro como creador.

Transcribo aquí la mayor parte de la reseña para animaros a leer el libro, y, si os interesa, mi reseña completa.

Enlaces:

Ediciones Amargord

Revista Turia, num. 112



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EL CORAZÓN, LA NADA
Antología poética (1994 – 2014)
Eduardo Moga
Amargord Ediciones, Madrid, 2014.


        Toda antología personal de un autor es el palimpsesto de sus distintas etapas, de sus distintas voces. En ella vemos, sobreimpresos, los acentos de cada estación vital. El corazón, la nada. Antología poética (1994-2014) de Eduardo Moga (Barcelona, 1962) resume el caudal de lúcidos versos con los que, durante veinte años, este poeta visionario, traductor y crítico literario, ha ido nutriendo los predios de la poesía española.

La vista aérea que nos brinda este volumen permite discernir los varios afluentes y saltos de agua que con el paso del tiempo ha ido generando el río de su escritura; muestra los mimbres de toda su obra como las facetas de un diamante – cada una con su propia irisación –, como islas de un archipiélago poético único. A esta panorámica contribuyen también el prólogo de Jordi Doce y el epílogo del autor, que es a la vez una poética y una mirada retrospectiva a su pasión de escribir, desde su juventud hasta el presente. La antología recorre «la cordillera de los años, como un gigante que extendiera los brazos a través de las décadas y sostuviese la monstruosa parábola del tiempo», citando una imagen de Insumisión (2013).

(…)

Esta antología, pues, muestra cómo a lo largo de su trayectoria creativa el autor ha buscado, en sus propias palabras, «una forma poética que ahincara lo lírico a lo inmediato (...) perseguir lo poético en lo no-poético (...) que todo lo dicho fuera poesía (...) que nada fuese ajeno a su eclosión y a su esperanza.» Y su publicación invita a subrayar de nuevo que su poesía constituye una de las creaciones literarias más originales e innovadoras de la lírica actual, fruto de su orfebrería y tensión lingüística, la originalidad e imprevisibilidad de sus imágenes, la radicalidad de sus motivos y el élan transgresivo de sus propuestas poéticas.

Su escritura se distingue por la atención microscópica a cada término, que se inserta en la página con el máximo de carga de sentido que Ezra Pound atribuía a la buena literatura. Cada poema es un artefacto diseñado para activarse en la sensibilidad del lector, un «reloj de palabras». Esta concentración semántica que, como una semilla, se abre a la multiplicación y a la complejidad, también halla su efecto innovador mediante el uso de léxicos ajenos a la lírica, como los de la anatomía, la medicina o las ciencias naturales. Así, en sus versos habitan, entre multitud de otros objetos, como “purísimas amebas” de sentido: el granito y el cianuro, los aerolitos y el hidrógeno, el páncreas y la pleura, el ozono y los ácaros, los leucocitos y el sílex, los alcaloides y el plancton.

La poesía de Eduardo Moga, apóstata de todos los demiurgos - y herética frente a los dogmas de lo convencional - construye, paradójicamente, un singular mundo animista en el que todo palpita y habla - la roca, la mesa, el zapato, el calendario, las sombras -, en el que todo es verbo, tránsito, fluido: un panteísmo de las cosas, sin Dios.

Escritura viva y minuciosa en la adjetivación inesperada, sugestiva - «sangre floral», «claveles impetuosos»; en la incesante palpitación verbal  - «Descifré flores muertas, mastiqué el polvo del mar, uní fragmentos de agua, fabriqué el silencio,...»; en la elaborada métrica que canaliza el alto voltaje de las frases - «rizoma eléctrico» - y los sangrados que crean vacuolas de silencio por las que el poema respira, como en Cuerpo sin mí (2007); o en los signos de puntuación que vertebran la música de sus versos y que, en la prosa poética, dictan un ritmo preciso y serpenteante, aluvial.

Sus imágenes, por su fuerza y su impulso sostenido, trascienden los hallazgos visuales creados por los “ismos” que le preceden: barroquismo, simbolismo, expresionismo, surrealismo. Mar adentro, lejos ya de las tierras de sus predecesores (Perse, Paz, Whitman, Pessoa, Aleixandre, Gamoneda y otros), el imaginismo de Eduardo Moga se profunda en las aguas de la poesía visionaria, siguiendo el mandato rimbaldiano de que el poeta debe ser vidente, hacerse vidente: «Un protón contiene el horizonte», «la melancolía muerde como una voluminosa flor», «el cielo se esconde en mi estómago». Imágenes sinapsis, compuestos en los que reaccionan, como elementos en el matraz, sustancias dispares.

La hibridación metafórica enciende la llama de su poesía. Esa aproximación de lo distante puede darse, por ejemplo, entre lo material y lo inmaterial, «átomos de sombra», «helio en el pensamiento»; entre objetos de reinos alejados, «alud de ojos»; o entre verbos y predicados insólitamente unidos, «comer tus sombras ... nadar en tu vientre». Y alcanza su máxima potencia en el uso de dos figuras retóricas: la sinestesia, que siembra sus libros de imágenes sensoriales – simultáneamente carnales, sonoras, luminosas, líquidas, aromadas, sabrosas: «(...) Te oigo con los ojos /que te huelen...», «clamor negro»; y el oxímoron, esas brillantes «contradicciones en flor» que zarandean el lenguaje y lo vivifican, reordenando las palabras en inéditas formaciones: «calma frenética», «turbulento silencio», «serena tempestad».

En cuanto a su fondo, su poesía es siempre interrogativa - incluso cuando no pregunta -, porque sus frases nunca ocluyen el sentido, sino que abren ventanas a realidades nuevas o producen fisuras en el lenguaje por las que se cuela la vida. Sus preguntas atraviesan el amor y la soledad, las luces y las cavernas del sexo, el porqué o el sin porqué de la vida, la confusión y multiplicación del yo, el ruido de la lima sorda del tiempo, el vacío interior, la muerte sin adjetivos. El título de esta antología condensa sus dos principales motivos:

          La nada - La nada de saberse, en el hondón de los espejos, molde vacío, oquedad, cráter del ser. «Tu materia lo es: nada. El cuerpo en tu nada, la nada que late... » La nada de saberse erosión del tiempo, grieta del olvido, caracola de vida que se ahueca, carne en vías de extinción. La muerte, esa «rosa triste en el centro de la sangre», está presente en toda su obra como la cicuta al alcance del estoico. Es la luz oscura que ilumina el otro lado de la moneda: nuestro breve, aunque intenso, paso por la vida.

         El corazón - El corazón y sus intermitencias, sus pulsiones y sus abismos; los caminos del corazón por donde «fluye la linfa de la luz»; el latido que se incorpora al tedio y al absurdo y reclama su reino fugaz, su irrenunciable dosis de entusiasmo. El corazón, que como una mancha de sangre en la nieve, rubrica en rojo su pálpito de vida entre dos nadas.


Christian Tubau Arjona





14 de octubre de 2014

Ya a la venta El libro de los Alfabetos



La editorial Libros del Innombrable ha puesto ya a la venta El libro de los Alfabetos y, con la distribución ya en marcha, también puede encargarse directamente en la librería.

Estos son los datos del libro y el enlace para hacer el pedido en la página web.


El libro de los alfabetos
Autor: Christian T. Arjona
Catálogo: Los libros del Señor Nicolás Libro nº 17 de la colección

Fecha de publicación: Octubre, 2014
ISBN: 978-84-92759-69-9
Precio: 16 €





30 de septiembre de 2014

El libro de los alfabetos

Me alegra mucho compartir con vosotros este primer anuncio de la publicación de El Libro de los alfabetos en la editorial Libros del Innombrable, que tras larga y silente espera, va estar muy pronto en las librerías…





"Seis facetas de un raro diamante: un claro laberinto de letras sobre el negro de la página del alma. Ecos en el silencio, el refugio de la nada. Fábulas y reflejos, sombras que se abisman en el espejo. Una canción que retorna, ritornelo que repite la sílaba viviente… Sí… Paisajes pintados con tinta de exilio, caracteres que vuelan como aves. Un libro espiral, un poema en helicoide caracol nocturno en un rectángulo de agua.


Seis alfabetos en paralelo, cada uno con veinticuatro hilos de telar urdimbre en la que se entretejen frases de un tratado sobre la soledad, versos desencajados, notas de viajes, itinerarios íntimos, homenajes y vislumbres de oscuras biografías –Spinoza, Miguel de Molinos, Dostoyevski, Nietzsche, Ezra Pound, James Joyce. Notas paleográficas, recortes de un diario de escritura.


Seis cajas transparentes, unas dentro de otras.
 Ciento cuarenta y cuatro ventanas en una esponja fractal."



Recibiréis más noticias sobre presentaciones y otros detalles próximamente…

Página de Raúl Herero, editor: https://www.facebook.com/raul.herreroherrero


Christian

25 de septiembre de 2014

HIPOGRAMAS 3





HIPOGRAMAS 3

Christian T. Arjona


#  Brotes de hoja de helecho: verdes lenguas de camaleón, desenrollándose.


#  El viento pone los árboles en cursiva.


#  Serpiente de arena blanca entre los rastrojos: el río seco.


#  El acantilado es un gran acordeón de piedra caliza.


#  Las rocas volcánicas son esponjas de tierra firme.


#  El sol lanza los primeros cabos de la luz: amanece en las dársenas.

31 de agosto de 2014

HIPOGRAMAS 2





HIPOGRAMAS 2

Christian T. Arjona


Bonsái: arbóreo haiku.


Cuando la higuera pierde sus hojas muestra su esqueleto de neurona gigante.


#  Paneles solares: ávidos girasoles.


# El candelabro es el guante aristocrático de las velas.


#  El callejón tapiado es el muñón de las calles.




27 de agosto de 2014

HIPOGRAMAS 1







HIPOGRAMAS 1

Christian T. Arjona




El musgo es un bosque de minúsculos helechos.


La carda del viento cepilla a contrapelo las cabrillas del río.


El amanecer fue un parto de luz entre las sábanas del alba.


#  Jeringuilla: silencioso mosquito sin alas.


Sus dedos eran largos y huesudos como las raíces de los manglares.


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HIPOGRAMAS PROLOGO







HIPOGRAMAS

Christian T. Arjona


“Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!”
Rabindranaz Tagore



Akikaze ya
ganchû no mono
mina haiku

("En el viento de otoño,
cada cosa que miro
es un haiku")
Kyoshi



A QUIEN LEYERE

No hay cosa más ardua que el querer complacer a todo el mundo, ni más probable y usada que ignorar los nuevos libros de poesía que asoman a la luz pública. De ambos riesgos vienen acompañados todos los versos que se publican, sin apenas excepciones, aunque arropados bajo los anchurosos toldos del mercado. ¿Qué será de este librito sin mecenazgo, de este hacecillo de breves poemas, cuyo sabor, por lírico y misceláneo, lleva consigo la común indiferencia y la desconfianza?

Oirá y leerá el lector grave estas volátiles materias, pero no llegará a detenerse a perseguir su vuelo. Querrá el apresurado lector atrapar estos pájaros de tinta, mas se le escaparán como huye el paisaje del tren en marcha. Pero en el aleteo de sus páginas, el atento ornitófilo podrá reconocer el quieto planear de los haikus (aunque aquí se den en lengua romance y apaisados, desenrollados), el vuelo parpadeante de las greguerías ramonianas (metáforas que guiñan un ojo), o el plumaje distintivo de las líricas aves perdidas, huidas de los bosques de Tagore. Y el paciente entomólogo descubrirá también los singulares ocelos de algunos versos imaginistas a la manera de Carlos Williams o de fugaces impresiones al estilo de Gould Fletcher, las crisálidas de aforismos peregrinos, koans de una alígera patafísica (aquellas “puntas sin pensar del pensamiento”), trampantojos verbales, estallantes jaculatorias y otras gramáticas bestezuelas.

Muchas de estas pequeñas criaturas, que he bautizado con el término de hipogramas, son el jugoso fruto, concentrado y fértil, de los árboles de la escritura: se desprenden por su propio peso de la rama que les daba vida – un párrafo, una frase, un soneto – y encarnan su quintaesencia. Y en este sentido, por su naturaleza frugal y frutal, ligera y sabrosa, los hipogramas piden lectores frugívoros, admiradores del temblor de lo menudo, amantes de los “mundos sutiles”.

(Aunque también hay otros hipogramas que fructifican entre las barreduras de viejos papeles, como brota la simiente de la acacia en la hez seca del elefante; o nacen de los fértiles muladares de las prosas desechadas, como ciertos hongos en la corteza de árboles huecos, y sólo la tierra, el sol, la lluvia y el tiempo los convierten en erguidos retoños).

Los describiré tal como fueron concebidos, según su definición biopoética. Los hipogramas no son aún, ni propiamente, poemas: carecen de la firme esquelatura de los versos, del  recio forjado de las estrofas o del claro frontispicio de los títulos. Son más bien como las genas del poema, sus gónadas prietas. Los hipogramas, como decía Ramón de sus greguerías, son “amibas de lo nuevo”. Podrían, pues, entenderse como organismos poéticos invertebrados, unicelulares, lábiles procariotas cuyo único núcleo es una imagen, un sonido, una idea.

Mónadas líricas, cuantos poéticos, gérmenes de escritura: su composición atómica no les impide estar abiertos a los demás hipogramas y al resto de la flora literaria; resuenan entre sí del mismo modo en que se entretejen las raicillas bajo la tierra. Replegados sobre su centro como las hojas de la col, estos protopoemas pueden abrirse y reverdecer, creando nuevas imágenes; o como los espongiarios, esparcir sus invisibles esporas por las venas transparentes del aire.

En un sentido general, hipograma es voz de definición generosa y holgada: engloba dentro de sí todos aquellos escritos (grama) que son escasos (hipo) de palabras, exentos de palabrería: precisos, sucintos, concentrados. Esto incluiría, según anunciaba al principio, los géneros de lo minutísimo, como el haiku, la greguería, el poema imaginista, el aforismo o la metáfora. Todos están contenidos en el hipograma como los cartujos de Zurbarán bajo el manto de la Madre.

Pero en un sentido más ceñido cabe hacer algunos matices y diferencias:
Los hipogramas se distinguen de los epigramas en que éstos se escribían sobre (epi)  alguna superficie (una vasija, una estatua, una lápida), mientras que los primeros crecen bajo las cosas, en el sotobosque del lenguaje, como los níscalos bajo los pinos o las amapolas bajo las vides. Son también, pues, el sustrato de los poemas (hipo), lo que subyace a ellos, el aluvión de sus aguas freáticas.

Confundirán algunos acaso estos hipogramas con las greguerías ramonianas. A esto hay que decir que no todos los hipogramas son greguerías, pero todas las greguerías son hipogramas, en tanto que “breves poemas”. Ambas hipoescrituras coinciden en su función biopoética, es decir, esponjar la realidad, añadirle orificios de duda, de lirismo, de sorpresa. Y en ese oficio las metáforas afinadas son el más efectivo berbiquí. Eso es lo que tienen en común.

(La greguería, dijo Ramón, es una metáfora con humor. Pero en sus textos vemos que, como todas las suyas, es ésta una definición maleable, aproximativa, en sí misma greguerística. Pues no todas las greguerías son humorísticas, y cuando no lo son, lo que nos queda es una metáfora, brillante y sugestiva, sí, pero monda metáfora al fin y al cabo).

Y la metáfora, claro está, es antigua como su propio nombre. Ejemplos de metáforas “greguerizantes” e hipogramáticas son éstas del poeta clásico chino Tu Fu: “La luna es un arco sin cuerda” o “Cae la lluvia como hilos de cáñamo”. Esta de Shakespeare: “La vejez cava trincheras en el campo de tu hermosura”. O estas de Luis de Góngora: “Aves, esquilas dulces de sonora pluma” o  “Alado roble”, para designar al barco de velas.

Los hipogramas también son distintos de otros poemas breves, como los Fragmentos (ruinas de una unidad perdida, románticamente idolatrada) o el retazo o cut-up postmoderno (a menudo arbitrario, generador de triviales collages). Estos hipogramas no son restos venerados ni cromos desordenados en el álbum de la poesía: son unidades autopoiéticas, aisladas por maduración o por mitosis. 

Existen, por lo demás, muchos tipos de hipogramas: los hay “ingrávidos y gentiles”, burbujas que el delicado soplo de la lectura hincha y convierte en esfera volandera, que desaparece entre destellos de jabón. (Si esta clase de hipogramas se congregan y arraciman, puede hablarse de “espumas” o “moléculas poéticas”). También hay algunos cuya cúpula jabonosa se tensa y acristala, y entonces se asemejan más a aquellos pisapapeles esféricos que entremuestran una escena o un paisaje en el que casi siempre nieva…

(Eso no quiere decir que los hipogramas sean poemas infantiles, aunque algunas de sus imágenes podrían haberlas concebido los niños con su mirada de girasol recién abierto, tan apta para el objet trouvé. Cuando esto sucede, entre las letras se percibe la etérea presencia de las hipocrénides – musas del hipograma -, de los hipogrifos – fabulosas criaturas híbridas- , y de los hipocampos - entrañables duendes subacuáticos- ; además de un jubiloso tono hipocorístico.)

Hay otros de mayor resistencia y tersura, que son como duras bellotas– anchas y redondeadas como las del roble o finas y brillantes como las de la encina – capaces de esperar bajo la escarcha la llegada de la próxima primavera. (En algunos casos extraordinarios, ciertos hipogramas acendran tanto su sentido que sobreviven viajando por el espacio – cruzan ríos y mares, o vuelan con alas propias, como la sámara – y por el tiempo – cruzan meses y años, como las fuertes legumbres de algunas lianas tropicales – en busca de la tierra óptima en la que echar raíces, sin perder su potencia seminal.)

           Pueden distinguirse tres tipos de hipogramas según su modo de expresión poética: los melopoéticos, que vibran como un diapasón y tiemblan en el oído con eco de címbalos (aquí las homofonías, las paronimias y el pájaro calambur); los fanopoéticos, que esbozan paisajes mínimos, formas o trazos de pincel policromados (territorio de la imagen, la metáfora y la analogía); o los logopoéticos, que ensartan ideas lejanas entre sí, dando lugar a insólitos rimeros de ideas (predio del aforismo o del breve koan).

      Por otra parte, el verso hipogramático no sigue ninguna estructura prefijada, no es verso medido, ni verso blanco, ni vers libre. Se construye, en todo caso, con lo que podemos llamar el vers trouvé. El vers trouvé, a menudo se encuentra al azar en los rastros, en los mercados ambulantes, como aquellas sugerentes figuritas, objetos mágicos, que Breton y Giacometti rescataban de la cacharrería del mercado de las Pulgas (una raíz de mandrágora con forma de embrión orando, o una pequeña rosa de cristal, traslúcida e inmarcesible) para hacerlas transitar – transformándolas - por las alquitaras de su creatividad.

Así se hallan también las semillas del hipograma, vagando por los mercadillos y arrabales del mundo y del alma, donde las ideas y las cosas espinozianamente se vinculan, como pequeños diamantes o perlas entre los cachivaches y bagatelas de la cotidianidad. Así, vagando y vacando el espíritu en aquella atenta pasividad que los místicos llamaban via receptionis y Miguel de Molinos mística quietud (y del que su discípulo Valle-Inclán dedujo su estética quietista), se abren los sentidos hacia dentro mostrándonos las iridiscencias de los objetos, su aura hirsuta y vibrátil, sus múltiples caras: la miel que las coníferas exudan, las prietas arborescencias en la carne del brócoli, la tea de grafito en la médula del lápiz… o las dalinianas hormigas que siempre acaban por cruzar la página en blanco en la que uno escribe.

Versos hallados en las chatarrerías del lenguaje, en sus abigarradas casas de empeño, en los márgenes abandonados del camino (donde se espesa la hierba) o de la carretera (entre la línea del arcén y los taludes), en los tumultuosos trenes de cercanías o en los vírgenes cuadernos de lejanías.

       El hipograma muestra sus singulares trouvailles con ilusión nabokoviana de entomólogo que exhibe sus mariposas, consciente de que sus coloridas falenas no se ajarán entre el cristal y el alfiler, sino que volarán vivaces entre las ramas quietas de las frases.

    Encaramándose por los altos andamios de la Poesía, los invisibles zarcillos de los hipogramas.
Entre los adoquines de la sintaxis dura y asfaltada, las hojas de hierba, los líquenes, la linaria, la espiga de los hipogramas.
A contracorriente del presuroso reloj que erosiona los días, los hipogramas, breves contemplaciones, onzas de tiempo en estado puro.
       Si la poesía es un caracol nocturno (Lezama), el hipograma es un limaco que busca el sol, un caracol sin hatillo.
Si el poeta es un campesino de las palabras (Stevens), el hipógrafo es el anélido que se mueve bajo tierra, esponjándola.
    Si la poesía es un arte de la insurgencia (Ferlinghetti), la hipogramática es la trinchera que se abre entre las páginas…







25 de agosto de 2014

Las greguerías de Ramón Gómez de la Serna





Aprovechando la próxima publicación en este blog de mis Hipogramas, transcribo aquí un artículo que escribí sobre la génesis de la greguería ramoniana, que puede aplicarse también al modo de elaboración de los hipogramas…

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Las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna:
deconstrucción y recreación de la realidad.

Christian T. Arjona


Ramón Gómez de la Serna describió sus greguerías como “amibas de lo nuevo”. Y en efecto, las imágenes, sonoridades y asociaciones de ideas que contienen las greguerías son, en gran medida, inéditas, raras, nunca antes vistas. “La cabeza es la pecera de las ideas”.

            No es necesario explicar ni demostrar su singularidad literaria, así que la pregunta que trato de responder en estas páginas es la siguiente: ¿Cómo nacen las greguerías, estas criaturas literarias mixtas, estos alegres simbiontes de constitución heterogénea, bifronte?

El carácter novedoso, fresco, original, les viene dado en gran medida por su naturaleza compuesta: la mayor parte de las greguerías son entes metafóricos (“metáfora + humor” según la ecuación ramoniana), seres híbridos que amalgaman especies distintas, quimeras verbales que reúnen especies hasta entonces distantes, mundos paralelos.

            “El rayo muestra la sutura craneana del cielo”

            Para que se produzca esta hibridación de realidades diferentes, al poeta le ha sido necesaria una fragmentación previa, un esponjamiento de la realidad y del lenguaje que desarticule los objetos hasta sus partículas elementales, hasta sus genes, o que los desencaje, al modo del cubismo, en múltiples facetas o particularidades.

Podríamos explicar la génesis de esta forma literaria describiendo las dos fases de un proceso de alquimia poética que consiste, primero, en una deconstrucción implícita o explícita de la realidad y de su esquelatura ontológica; segundo, en una reordenación de los fragmentos formando una composición nueva, inusual y sorprendente.

“Las hormigas son los glóbulos rojos de la tierra”.

Ramón quería que sus greguerías “agujerearan”, “disolvieran” la prosa de la realidad, rompiéndola, roturándola. Este es el primer movimiento de la  “de-construcción/re-creación” que queremos desglosar.


Deconstrucción: Sobre la no-esencialidad

            En su primera fase fragmentadora, a menudo oculta bajo las palabras (cual raíces) o todavía en la mirada o el oído del escritor (cual una flor abriéndose), la máquina poética de la greguería funciona como un acelerador de partículas, un torbellino o ácido clorhídrico que separa las moléculas de los nombres, que hace estallar los muros arquitectónicos del significado. Batidora o coctelera metafísica que agita, al modo de los sonajeros, las piedritas duras, consabidas, grávidas, de las esencias de las cosas.

            Y es aquí donde la escritura de Ramón– y la cosmovisión que la nutre – coincide con la filosofía alígera, volátil y porosa del budismo mahayana.  El pensador hindú Nãgãrjuna, en sus 70 estrofas sobre la vacuidad, defendía que la única constitución íntima de las cosas es su no-esencialidad, su no-permanencia (“efimeridad” que diría Ramón), y su relatividad. Estos mismos tres atributos negativos nos parecen el trípode filosófico que sostiene la greguería.

            Vacuidad. Este hueco en el seno de las cosas, en su misma médula, es la que las convierte en imágenes reflejadas, sombras chinas, rumor y figuras de bambalina. Carentes de esencia, de significado original, los objetos se disgregan en sus accidentes, o en sus “afectos”, en términos de Spinoza. Y como ahuecadas esponjas de Menger, ilusiones de mãyã, las palabras también estallan, dispersando sus átomos de sentido, sus acepciones adheridas. De ahí que en las greguerías el ciervo pueda resumirse poéticamente en su cornamenta y que ésta pueda hermanarse, por isomorfía, con las ramas ahorquilladas de los árboles y aún con las azules rúbricas del rayo. De ahí que la urdimbre de un telar pueda confundirse con el encordado vibrátil de un arpa y con las ramas caedizas de un sauce.

       No permanencia. El poeta piensa, con el filósofo budista, que los objetos y sus nombres son transitorios y que es vano creer que poseen un ancla de sentido intemporal, un contrapeso de eternidad. Fluyente, efímera, tornadiza, la realidad no es un museo de piezas inmóviles, escultóricas; y el halo de desaparición que la envuelve le convence de que es posible jugar con ella, libre de las ataduras de la inmutabilidad. “Después de nudista se es huesista”. Por eso ni siquiera el tiempo es objetivo, y de acuerdo con Bergson, Ramón puede decir que las calles son más largas de día que de noche; que los almanaques de bolsillo empequeñecen el año; o que el hisopo del día final se asemeja al sonajero infantil.
         
         Relatividad. Esta falta de anclaje de los objetos, esta carencia de fundamento, es la que los obliga a depender unos de otros como las distintas olas del mar, y a estar ineludiblemente relacionados en una danza alegre y promiscua.
   
         Desintegración preliminar. Deconstrucción creativa. Licuefacción previa de la realidad que permite re-mezclar, las células desgajadas de las cosas. La greguería es el proceso químico por el cual se forman nuevas moléculas de sentido, nuevas proteínas lingüísticas, gracias a un distinto enlazarse de los elementos, a una mirada y un oído atentos a las resonancias. Así, en sus imágenes las golondrinas pueden entrecomillar el cielo o la serpiente rubricar el paisaje.

El arte de la recreación

También podría describirse este proceso mediante un símil más tangible, más greguerístico: en esta primera descomposición, al poeta se le muestra, desordenada y abundante, toda la ladrillería de la realidad, con su variedad de materiales, figuras y encajes. Y como un niño rodeado de coloridas piezas de un juego de construcción – acentos, formas, reverberos – se dedica a recogerlas y recombinarlas. Esta reordenación diferente, nueva, es la segunda parte del proceso que estamos describiendo. En la alquitara de la greguería, pues, es donde se reúnen, después de la disgregación de sus partes, las distintas cualidades de los objetos, dando lugar a seres literarios antes desconocidos.

Y así es posible ver, por ejemplo, trenzas perfectas en las espigas; o en las partes de la gaita: laringes y pulmones extravertidos; letras microbianas en la caligrafía árabe; o las garras de un pájaro en las manos ancianas.

Pero la reordenación poética, artística, artificial, no se produce arbitrariamente. Como las limaduras de hierro se adunan sobre la piedra imán, o como una cuerda vibra cuando se tañe una nota próxima, por simpatía, el poeta escucha las reverberaciones, los ecos, las imantaciones entre las cosas, y las aproxima para ver si se atraen, si llegan a acoplarse.

Es por eso que cuando la greguería funciona nos queda en el oído una extraña melodía, un breve ritornelo, un acorde inusual, como si la guitarra del poeta hubiera ensayado inexploradas afinaciones.

A menudo resuenan unas en otras, a pesar de grandes cambios de escala, como la taza rota y el coliseo en ruinas, o la lluvia y los largos alfileres (en otra greguería la lluvia también imita a los juncos de agua, y así la cadena de resonancias y mimetismos se multiplica y todo es espejo, vitral tornasolado, movido reflejo).

O a la flor le nacen ojos cuando el rocío posa en ella sus gotas y los gatos se beben la leche de la luna en los platos de las tejas. Luna que en otras metáforas puede ser también pandereta o reloj de los poetas.
 
        De este modo, gracias al doble movimiento de atomización/reordenación, la greguería realiza el milagro poético: ofrecer nuevas ventanas a la realidad, grietas en el lenguaje, y toda una insólita flora colorida y destellante creciendo en las fisuras de los viejos muros de la lengua.

       Si es cierto que, como decía Emerson, “el lenguaje es poesía fósil”, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, como los mejores versos de los poetas, descascaran con su creatividad ese fósil y nos devuelven el lenguaje vivo, renacido, inaugural, como un carbúnculo encendido. 
           
           
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